miércoles, 4 de marzo de 2015

Stand up en Buenos Aires: imposturas y mentiras de un género que no fue

-Me pidieron que te acusara de violencia doméstica, lo mandé a la mierda, y como lo bloqueé, entonces apretaron a mi hermana, la que también les dijo que no iba a hacer nada para convencerme.

¿Este es el inicio de un blog dedicado al stand up?
Sí, al stand up que se hace en la ciudad de Buenos Aires, es decir, una actividad en la que sus “cultores” dedican el 90% del tiempo y sus energías a otra cosa que no tiene nada que ver con el stand up.
Cómo pasó esto, se preguntarán. 
Veamos un poco, deteniéndonos en el epifenómeno. 

¿Epifenómeno?

En general, vivimos en un mundo en el que el “epifenómeno” es más importante que el fenómeno, es decir, lo que rodea a un objeto -aquello que se consume, se publicita, se transmite-, es más importante que el objeto.
La obra de un artista plástico no es lo central, sino sus gestos por fuera del arte, su ropa, sus sponsors y el delivery del vermissage.
Es curioso que una actividad en la que hacer reír es lo central no haya podido escapar de esto, pero, al fin y al cabo, está a tono con un mundo artificial y vendehumo.
El stand up de Buenos Aires creció en los últimos cinco o seis años al influjo de Facebook, y allí tenemos una explicación sobre por qué se desarrolló de esta manera.

La realidad es aquello que veo en Facebook

Facebook es un reflejo del mundo casi más poderoso que el mundo real, en el que toda foto, logro, mérito del autor de cada muro es fogoneada a puro ego hasta que él mismo y los demás suponen que esas publicaciones se corresponden con victorias, alcances y espectadores. 
Si lo afirmé y me lo reafirmaron, eso existe, parece decirnos Facebook. 


El stand up es un sistema 

Es cierto que el stand up trata de hacer reír, pero también es cierto que si el sistema dentro del que se desarrolla es precario, no hace falta demasiada gracia para lograrlo.
Más despacio, cerebrito. 
El stand up, como toda actividad, se ha desarrollado como sistema, y un sistema se dota a sí mismo de reglas, de formas de premiación y legitimación, de "puntos" que cotizan en su propio mercado para lograr o no lograr tal o cual cosa. 
Prueben mirar desde "afuera" determinados sistemas: esas cenas con premios y discursos de la Asociación de Pescadores de ríos correntosos, para inventar uno, que seguramente debe existir. 
Sus ceremonias, sus premiaciones, los aires de cada uno de sus miembros, las jerarquías establecidas, nos parecerán ridículas, lo que no será así a sus propios ojos. 
Con el stand up pasa algo similar, solo que han acudido en su ayuda otros mundos (televisión, radio, medios en general), demasiado seductores, demasiado públicos como para que este sistema no los use y estos miembros no los hagan valer en su favor. 
Si pueden penetrar por un momento en esos "flyers", en las poses cancheras de las fotos, en el ingenio acotado en los títulos de los shows y los nombres de algunos "comediantes", se encontrará uno con una realidad un tanto desoladora: salas vacías, o compuestas por amigos, otros "comediantes" y amigos, y sobre todo, una enorme energía dedicada al epifenómeno, a falta de talento y ganas para dedicarse a lo que -se juramenta- de veras importa. 

Partes del sistema

Un sistema se compone de elementos que -articulados en conjunto-, operan sobre la realidad de un modo distinto al que operarían por separado. Un sistema vale por el todo, no por sus partes. Un individuo que dé clases de stand up en la ciudad de Buenos Aires no puede prescindir de lo que pasa en el contexto general de ésta: es decir, hay otros diez talleres iniciales, o veinte, y al parecer, no hay límite para que haya treinta o cuarenta; cada uno de éstos tiene una duración de tres a cuatro meses y lo que allí se enseña es básico, básico en el más estricto sentido. Se ha reducido el stand up a unas pocas técnicas y yeites que aseguran al “egresado” una subida rápida al escenario, y un camino previsible: algunos contactos, cómo “producirse” y hasta una estética posible (en la indumentaria, en la “onda”, en el mensaje).
Volvamos entonces al concepto de sistema: no es posible para alguien que diga hoy, marzo de 2015, “voy a dar clases de stand up”, prescindir de eso, excepto, claro está, el par de docentes tradicionales de bien merecido prestigio.
Pero esto era solo un ejemplo para revisar el concepto de sistema, que en el caso del stand up, como se comprenderá, es muy precario: gente que dice hacer humor, gente que dice producir, dueños de café que dicen tener “shows”.  Y acá, obviamente, entra en juego el factor Facebook, esa máquina de crear identidad.

Volviendo a Facebook

Digámoslo por enésima vez: si uno es un médico, contador, abogado o empleado de tienda, su identidad es la que se desarrolla durante esas ocho horas, y la que necesitó de un entrenamiento o capacitación de años y años, no es la de un “comediante”. Sin embargo, la foto de perfil de Facebook parecería hablar más de nosotros mismos que todo aquello que hicimos y hacemos, e incluso de lo que proyectamos.
La foto de perfil y los contactos. Los contactos y los muros llenos de “ingeniosidades”. Los muros y los agradecimientos por “toda la onda” y “el café que explotó” y “mis compañeros que son lo más”.
Cualquiera que no participe de estos rituales de autoconvencimiento, juzgará, como en el caso de los pescadores, que esta realidad es patética. Pero como dijimos, con un par de aliados que han descubierto que pueden usar y hasta colonizar este lenguaje (radio, televisión) ¿quién convence a los miembros de este sistema de que lo que hacen no está por arriba de lo que cualquier mortal puede hacer?
Ahora bien, este movimiento, este sistema que se desarrolló más o menos con vitalidad desde el año 2007 y que estalló a partir del año 2011 y al que muchos le auguran destino de parripollo, sigue concitando interés y reclutando adeptos. Cabe preguntarnos por qué. 

"Ahora todos son comediantes"

La identidad de comediante es ambicionada hoy, porque lo cómico es un valor preciado (ver Esther Díaz y “Posmodernidad”: “se vive en una gratuidad lúdica, lo cómico en la moda o en la publicidad no busca víctimas, trata –más bien- de prodigar una atmósfera de buen humor. Aun el humor político, muy ácido en ciertas épocas, adquiere últimamente un aire ligero e irónico. Lo agresivo no causa risa. El enfrentamiento entre dos personalidades, en el nivel del espectáculo, se dirime a favor del más desinhibido y fresco. El nuevo héroe no se toma en serio a sí mismo. No dramatiza. Se caracteriza por una actitud maliciosamente relajada ante los acontecimientos. Se desechan los rostros adustos y las miradas acusadoras. Hay que ser seductor. Hay que ser simpático”).
Es decir, si usted es una persona del común que ve con extrañeza por qué su vecino, su primo y hasta un proveedor se dedican al stand up cuando jamás los encontró mínimamente graciosos, es por esto: el mundo crea la subjetividad en la que la gente encaja y que a su vez, con sus propias prácticas, estos individuos van diseñando.
No es una epidemia de graciosos, señalada por aquel comentario de Bart Simpson al descubrir en maravilloso episodio del “niño interior” que “ahora son todos comediantes”
No, el mundo pide que seamos simpáticos, que seamos cancheros y que seamos cool. El mundo pide estar del lado de aquellos que no se desgañitan con la crítica, que pretenden pasar por críticos pero livianito, bien livianito. La frase “se caracteriza por una actitud maliciosamente relajada ante los acontecimientos” es la clave para entender esto.   
Es un mundo de muchachones que lo comentan todo desde un programa de F.M.
Y el stand up, en este contexto, no podía ser una excepción.

Cierre por hoy: de vuelta al sistema

¿Recuerdan que partimos del concepto de sistema?
Bien, nadie puede escapar entonces de dar clases tal como las determina el sistema, ni de actuar según lo que el sistema ha determinado (un género cool, canchero, light, joven, sub 40), ni de ser arriba del escenario lo que el sistema legitima, legitimándose a sí mismo (la figura del pibe o piba agarrados del pie del micrófono, falsamente perdedores, blancos europeos de clase media alta del norte de la ciudad de Buenos Aires es un emblema de la frase de Esther Díaz). 
Es más, cualquier docente que en instancias superiores pretenda modificar algunos aspectos de estos monólogos, se encontrará con la resistencia de estos chicos que han descubierto qué es gracioso, qué es iconoclasta e incluso, siguiendo los cánones de la ética y la estética imperante, qué es lo verdaderamente crítico.  
No importa que luego sus opiniones sobre preferencias y referentes se den de bruces contra esta definición de oro que dice que la época “se caracteriza por una actitud maliciosamente relajada ante los acontecimientos”. Nótese que cuando se pregunta a esta gente por sus referencias, suelen citar a Bill Hicks y a George Carlin, dos tipos que están en las antípodas de esta definición, es decir dos cómicos que no se relajan ni critican epidérmicamente los acontecimientos.
Ahora bien, más de uno se estará preguntando, si no soy cool, si no “entro” dentro de esta estética, si por edad (algo que tiene fecha de vencimiento y que debe estar haciendo dudar a más de un treintón hasta cuando puede jugarla de pibito) si mi discurso, el que a mí me representa, no está dentro de este sistema ¿cómo puedo desarrollar un oficio, profesión o siquiera un hobby?
Porque, convengamos, el diagnóstico breve ofrecido en esta primera nota, es bastante desolador. 
Insisto ¿cómo lo haremos?

Es lo que trataremos de respondernos en las notas que seguirán.